lunes, 18 de agosto de 2008

De algo nos vamos a morir.

«La vida es una enfermedad de transmisión sexual, que empieza con un sollozo y cuya mortalidad es del 100%*.»

*Dr. John McCormick de la Universidad de Dublín.

Mandamiento literario³*

«No usarás Pseudónimo para levantar falso testimonio.»

*Luis Mario Aguilera

³Úsese también para cualquier otro aspecto aunque no sea meramente literario.

lunes, 7 de julio de 2008

Carta a Eva

July 7, 2008
Por Arturo Valdez
tomado de elquintanarroense.com

De pronto aparece una carta. La extensa y corta carta de una mujer que sólo has visto una vez en tu vida, una noche de juerga, en un bar barato, en una ciudad laberíntica y neblinosa (como Xalapa); con los ojos rojos por la borrachera y cansado pero todavía con ganas de seguir chupando toda la noche, hasta que amanezca; y con suspenso, suspenso porque algo emocionante flota en el ambiente: la música, los tragos, el vértigo de compartir una ciudad desconocida, entre desconocidos y con esa mujer –la de la carta- desconocida, a quien miras como si se tratara de una mujer para siempre, o sea, alguien con quien te imaginas entrando y saliendo del cine y cogiendo sin aburrirte por muchos años e incluso te imaginas con ella caminando por la orilla de una carretera, pidiendo aventón, o la ves entrar y salir del cuarto, semidesnuda, buscando un arete porque están apunto de salir a un bar y a ella le gusta usar aretes largos y pesados; o la ves sentada en a la orilla de la ventana, forjando un toque y pensando en el sabor de la sandía. Y esa carta te penetra en un costado de algo que bien podría ser llamado voluntad o instinto, o quizá la morbosa experiencia que algún escritor mediocre busca para terminar su novela; una novela que, seguramente, terminaría en el aeropuerto, en la estación de autobuses o donde inicia la carretera, un día despejado, pero con frío, con un sol invernal y un horizonte que parece brumoso como los de Xalapa, pero se trata de Sudamérica y luego de un viaje nada espectacular salvo por algunas historias contadas por los personajes incidentales con los que se topa el viajero protagonista y –quizás- por aquella carta que le dio un giro a la historia, pero que de cualquier forma terminaría con ese tipo que ha dejado de creer en todo, en uno de esos lugares de partida, alejándose, con alguna experiencia indescifrable. A ese sujeto incluso su propio viaje le parece una burla y los libros como On the road o The catcher in the rye le parecen obras de poca altura y sin embargo de fantástica escritura épica sobre decadentes y valientes escritores o poetas que tienen miedo al vacío, y por eso consiguen fama, aunque finalmente fracasan en todos sus intentos netos, o sea, de la vida real, como le pasa a ese tipo, solo, en la estación de autobuses, esperando subirse a su camión para llegar a Montevideo y dos días después tomar su vuelo con destino a México, sin más, porque es así y no hay nada de extraordinario en la vida de los hombres, o por lo menos no en la suya, más que repetición y repetición: reciclaje o algo similar; y aburrimiento; pero quizá esa carta. Y piensa, mientras espera el llamado de abordar, en qué hubiera sido quedarse con la mujer que le escribió aquella carta o qué hubiera sido si aquella noche lejana, cuando se conocieron, hubiera tenido los güevos de confesarle que quería acostarse con ella para olerla y tocarla y sentir su carne y por la mañana compartir el frío veracruzano, un cigarrillo y el café, una mañana gris y fría y neblinosa, como en Xalapa o Montevideo, una mañana donde el silencio hubiera sido la única verdad entre sus cuerpos desnudos, recostados todavía bajo el calor de las cobijas; desnudos, y sus cuerpos confundidos una sola vez en la vida, lo necesario para escribir quizá un poema o no intentar si quiera coger la pluma. Pero tan sólo ha aparecido la carta en la pantalla de la computadora. Un correo electrónico escrito por una mujer que compartiría el vino y los cigarros. Una mujer que, además de indicar por dónde seguir el viaje, qué lugares conocer de Buenos Aires, qué barrios son los más perros, habla incluso de una amiga suya en Buenos Aires que sabe bailar tango y que podría enseñarle. Pero también en la carta, la mujer dice que ahora vive entre una ciudad y otra, porque su padre está enfermo, tiene cáncer y ella trata de estar el mayor tiempo que puede con él, “con la mejor buena onda para que el viejo no se sienta tan jodido”. Brilla la carta de entusiasmo, de esperanza, transmite una especie de fuego que dice que las cosas son posibles, que “el viaje nunca debe detenerse”. Esa carta que de pronto aparece, podría cambiar el rumbo de todo, “el mundo”, podría ser una señal de acabar e iniciar algo, podría tener interpretaciones fáciles o profundas. Pero a pesar de las indicaciones y los teléfonos anotados de los amigos de esa mujer que sólo has visto una vez en tu vida, hay algo, un fantasma que sabe que eso nada cambiará. Y uno quisiera ir hacia la mujer que escribió esas palabras, estando tan cerca, después de tantos meses, incluso años de correspondencia electrónica y ahora a tan pocos kilómetros; México y Argentina a miles de kilómetros y uno no viaja cada mes por Sudamérica. De pronto se recibe una carta que no es tan sólo una carta, aunque de golpe así parezca, ni tan sólo unas palabras de una vieja amiga a la cuál sólo se ha visto una sola vez en la vida; y, afortunada o desafortunadamente, no habrá más. Es quizá un manifiesto contra el tiempo y la distancia, contra la repudrida contemporalidad y su moral y contra todos los principios jodidos de una mecánica universal implicada en el azar y su causalidad –algo así-; un manifiesto contra el destino, una bomba (de tiempo) nuclear contra las leyes de la naturaleza de las que sólo algunas veces, las indispensables, logramos escapar; unas líneas muy simples contra cualquier dios.Lectura Pienso en el viejo Max Rojas. Trato imaginarlo aquí, por las calles de Rivera, en la frontera con Brasil. El turno del aullante, qué poema tan chingón. Vaya epígrafe de Lowry! y carajo, cómo inicia: A Valquiria: “Caidal mi pinche extrañación vino de golpe/ a balbucir sepa qué tantas pendejadas”. Carajo, qué arranque. Así, llamar a las cosas por su nombre, al fuego por el fuego. Recuerdo cuando conocí a Max Rojas y su silencio y el trueno de su voz y sus cigarros delicados, sin filtro. El fiel trago y su mirada. El viejo Max Rojas escribió en junio de 1971: “Es frío -me dije- lo de agonir que tanto escalda,/ pero el asunto es memoriar lo que en trocitos/ del almaje va quedando de esa mujer, y yo memorio/ de cuando me hoyancó, y luego hubo un desmadre tal/ que estropició la elevación de los San Ángel”. El tendría que leer acá, pienso. Su voz sonaría bien por acá. Y veo a Gustavo Alatorre (recuerdo cuando me mostró su libro Navajas) y a Max Rojas, el flaco, sentados en la barra de ese bar, hablando de la Facultad de Filosofía y Letras, burlándose de la academia; Alatorre y Rojas en un bar de Montevideo, luego de haber leído en la Ronda de Poetas, luego de tronar sus voces. Los imagino con sus libros. “Ya ni mi triste corazón me aguanta nada,/ y ya que en éstas del morir me esculco muerto,/ dada la extremaunción, el último traguito/ mi agujereaje y yo nos lo echaremos solos.” Cómo beberían y compartirían el pan y las palabras con los compas nacidos por acá. Sin embargo insisto que deben esclarecerse los asesinatos de las mujeres en Ciudad Juárez, respetarse los Acuerdos de San Andrés y preservarse las tradiciones mayas y la naturaleza de Quintana Roo.

miércoles, 18 de junio de 2008

dicen que es "uno de hadas" para ir leyendo*

el pie de la luz entra en el polvo descalzo
su semilla se abre como la flor en que sopla tu deseo
eres una niña de cinco mil años
que mira levantarse incendios en la sombra
mira formarse en las volutas
hipocampos
puentes de luz para ir a andar en ellos
y mirar a los peces en sus giros
el suelo da la desnudez de sus espaldas a la aurora
su espíritu de barro dibuja la cadera en la jarra
y besa su inmensa sed
a cada paso que da la niña que se acerca
su dedo casi toca alguna carpa brillante
la he visto cuando no hace más que ver al fondo de los ojos
de esos peces plateados desde el puente que hace su respiración tranquila
le han dicho
yo lo hice
que los peces son hadas dormidas


*Gustavo Enrique Orozco

domingo, 15 de junio de 2008

¿Publicaste hoy?*

por Rachel Toor

Mi amigo Jeff es profesor adjunto de Economía. Todos los días cuando llega de trabajar, su novia, Mo, le hace la misma pregunta: “¿Publicaste hoy?”

Es una broma. O algo así. Mo entiende que cuando llegue el momento de ocupar el puesto de profesor, Jeff será evaluado en su cátedra, su servicio y sus publicaciones. Es fácil imaginárselo trabajando en sus clases (sepultado bajo pilas de trabajos y exámenes, intercambiando cientos de correos electrónicos con estudiantes, programando horas de juntas en su oficina) y de servicios (interminables cenas elegantes durante los trabajos de investigación, juntas en la mañana, juntas en la tarde, juntas a toda hora).

¿Pero qué hace con la parte de las publicaciones?

La gente alejada de la academia puede escupir la gastad, aunque concisa frase: “Publica o perece”. Pero explicar el proceso que lleva a la publicación a Juan de las Pitas, o a una compañera comprensiva y compasiva que se llama Mo, no es fácil.

Antes de caer en el lado facultativo de la academia, pasé años en el negocio de las publicaciones editando los resultados de las investigaciones de la gente. Pero incluso entonces a veces estaba ciega a lo que realmente se necesitaba para hacer el trabajo que se requería para enviar algo a alguien como yo en el negocio editorial. Ese era un campo en particular del que sabía muy poco, como de casi todas las ciencias.

Cuando mi amigo Mike era un estudiante de física que trataba desesperadamente de terminar su tesis, podría haberle preguntado qué había logrado. Él podría haberme dicho muchas veces que se había pasado todo el día escribiendo el código que le permitiera analizar sus datos. O que había pasado 15 horas tratando de encontrar un error en el código que había escrito. Con frecuencia, a final de cuentas, no había escrito nada, no tenía ningún análisis y, para mí, no tenía nada visible que demostrara todas esas horas de trabajo.

Jeff, el economista, se pasaba mucho tiempo manipulando datos, diciéndole a su computadora que buscara ciertas variables, y luego otras. “Puedes ir detrás de muchas pistas falsas de esa manera”, dice. Puedes pasarte todo el día frente a la pantalla (o dos) y no tener nada que decir acerca de lo que has visto. Tan sólo te vas acercando poco a poco, tratando de alcanzar una idea que arraigue, tratando de encontrar la perla en un océano lleno de almejas.

He pasado muchos de mis días más felices sentada en un archivo escudriñando en cajas de cartas escritas hace 100 años. He buscado desgarrados y amarillentos recortes de periódicos sobre el clima y anuncios colocados en las vías férreas en la época en que se establecieron algunas reservaciones indias.

He manoseado (con cuidado, lo juro) notas de agradecimiento e invitaciones y anuncios de nacimiento; he estudiado tarjetas de reportes y diarios, he examinado concienzudamente paquetes de fotos. Por cada 20 horas en los archivos, era capaz de escribir, quizá, un par de párrafos. He viajado millas para ver cómo luce ahora el lugar, casi un siglo después del periodo sobre el que estaba escribiendo.

Es trabajo, pero sospecho que alguien que me viera pensaría que solamente estaba fisgoneando o pasando el rato. El hecho es que gran parte del tiempo en que los académicos trabajan parece desde fuera más como si estuvieran relajándose. Muchos de nosotros no posamos como la escultura de Rodin cuando estamos pensando.

¿Cómo se ve hacer trabajo intelectual? ¿Cómo se ve tener un momento de inspiración? ¿Formular una teoría? ¿Resolver un problema filosófico? ¿Qué se requiere para llegar al punto en que estás listo para sentarte a escribir algo, listo para presentar algo al mundo?

La experiencia me dice que algunas veces parece como si estuvieras jugando Solitario. O torciéndote el cabello, hablando contigo mismo, o sentándote inmóvil mirando el espacio.

Mi amigo Andrew, psiquiatra, es un experto en fisiología del sueño. Ha tenido un montón de ideas que han dado como resultado un fajo de publicaciones académicas. Piensa que el sueño es el resultado de condicionamiento, ritual y circunstancia. No puedes forzarte a ti mismo a dormir. Lo que puedes hacer, dice, es poner las condiciones y rituales que permitirán que suceda. Dejas salir al perro (o pones a la rata en su jaula). Te pones tu pijama acostumbrada. Te cepillas los dientes. Te metes a la cama. Y entonces, una vez que te has proporcionado el ambiente adecuado, finalmente, te quedas dormido.

Este proceso, piensa Andrew, es parecido a lo que hacen los académicos cuando tratan de resolver un problema intelectual. Nos arrastramos a nuestras oficinas y nos plantamos ante la computadora. O nos escabullimos en la biblioteca y nos hundimos en una silla cómoda. O damos la vuelta a la manzana 43 veces.

Recurrimos a los gestos que nos llevaron, en el pasado, al éxito cerebral. No podemos forzarnos a dar un gran paso intelectual como no podemos forzarnos a dormir. Todo lo que podemos hacer es preparar el ambiente y ejecutar los rituales asociados con el acto de pensar.

Una vez le pregunté a Seymour Benzer (el famoso genetista del Instituto Tecnológico de California, que resultó ser mi tío abuelo) si algo lo había sorprendido en su larga carrera. Lo pensó un momento y dijo que fue cuando tuvo un momento de “eureka”.

Hace muchos años el tío Seymour estaba acostado en su cama junto a la tía Dottie, pensando acerca del hecho de que cuando él desplegaba una especie particular de bacteria en una caja de Petri, no había ninguna placa de fagocitos. Mientras la tía Dootie roncaba, el tío Seymour se dio cuenta de que con la suficiente resolución de recombinación genética, sería capaz de hacer el mapa de la fina estructura interna del gen.

Esto, dice, lo mantuvo ocupado durante años. Hasta que murió recientemente, a los 86 años, mi tío abuelo fue a su laboratorio todos los días y trabajó hasta tarde en la noche; el último correo electrónico que recibí de él, un mes antes de su muerte, tenía la hora de 12:27 a.m. Si la tía Dottie se hubiera levantado, habría visto un hombre acostado en la cama, no a alguien que, en ese instante, había avanzado muchísimo hacia la creación del campo de la biología molecular y estableció los fundamentos de la neurociencia moderna.

No es siempre fácil seguir el paso de la evolución de nuestros pensamientos ni ser capaces de señalar un momento específico de eureka. (Quizá esto es algo bueno. Se supone que Arquímedes salió de su tina –luego de que se dio cuenta de que el volumen de un objeto se puede calcular si se sumerge en el agua‑ y corrió desnudo por toda Siracusa proclamando su descubrimiento. Prefiero pensar que el tío Seymour yacía recatadamente en su cama en lugar de salir encuerado por las calles de Pasadena).

Cuando empecé a competir en carreras, cada vez que le decía a mi hermano que había corrido una, me hacía la misma pregunta: “¿Ganaste?”. Eso disminuía cualquier logro que pudiera haber sentido –una mejora personal, sentirme mejor todo el tiempo, tener un gran día. Quizá el hecho de que él pensara que yo era lo suficientemente rápida como para ganar el maratón de Boston significaba me quería y creía en mí. Pero también significaba que los meses de trabajo duro que pasé entrenando se habían hecho invisibles por la forma en que formulaba la pregunta.

Esta columna, estoy segura que se dieron cuenta, queridos colegas académicos, no es para ustedes. No necesitan decirme que cuando están trabajando al resto del mundo a veces le parece como si se estuvieran haciendo rizos frente a la chimenea acariciando al gato. Esta columna es para sus esposos, esposas, compañeros, padres, familiares, amigos o desconocidos que hacen preguntas como “¿Cuándo te vas a titular? Ya pasaron cinco años”. O “¿Por qué no ha salido ese libro todavía? Llevas trabajando en él toda la vida”. Es para la gente que cree que los académicos se la pasan veraneando, para los que arguyen que tenemos trabajos cómodos porque sólo damos unas pocas clases a la semana por un par de horas, y para aquellos que piensan que leer libros no es trabajo. Esta columna es para aquellos que piensan que lograr que te publiquen es tan fácil como ganar el maratón de Boston.

Tomado de http://chronicle. com/temp/ email2.php? id=htzmrwtyfxvPz bvzjKgRbF4t4Vbfk 9kr

*Traducción:
GVZ
S.O.G.E.M.

jueves, 12 de junio de 2008

De las pascuas del tiempo*

Su majestad el tiempo

El viejo Patriarca,
que todo lo abarca,
se risa la barba de príncipe asirio;
su nívea cabeza parece un gran lirio,
parece un gran lirio la nívea cabeza del viejo Patriarca.
Su pálida frente es un mapa confuso:
lo abultan montañas de hueso,
que forman lo raro, lo inmenso, lo espeso
de todos los siglos del tiempo difuso.
Su frente de viejo ermitaño
parece el desierto de todo lo antaño:
en ella han carpido la hora y el año,
lo siempre empezado, lo siempre concluso,
lo vago, lo ignoto, lo iluso, lo extraño,
lo extraño y lo iluso...
Su pálida frente es un mapa confuso:
la cruzan arrugas, eternas arrugas,
que son cual los ríos del vago país de lo obtruso
cuyas olas, los años, se escapan en rápidas fugas.
¡Oh, las viejas, eternas arrugas!
¡Oh, los surcos oscuros!
¡Pensamientos en forma de orugas
de donde saldrán los magníficos siglos futuros!

*Julio Herrera y Reissig

miércoles, 11 de junio de 2008

SONETO*

Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor süave,
olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.

*Félix Lope de Vega. (España 1562-1635)

En honor a Ithandewi, gracias a quien conocí tan lindo soneto.